El Ermitaño

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Location: Pilar, Buenos Aires, Argentina

Friday, October 27, 2006

Ad tuum, Domine, tribunal appello

¿Qué es Dios? La medida de nuestra desesperación ¿Qué es el alma? Lo más verdadero de todas las verdades.

Así me enseñaba el ermitaño:

1. "Πήγαινα από μοναστήρι σε μοναστήρι, από χωριό σε χωριό, από ερημιά σε ερημιά και ζητούσα το Θεό. Δεν παντρεύτηκα, δεν έκαμα παιδιά, γιατί ζητούσα το Θεό. Κρατούσα μια φέτα ψωμί στο χέρι μου και μια χούφτα ελιές, πεινούσα και ξεχνούσα να φάω, γιατί ζητούσα το Θεό."

"Iba de monasterio a monasterio, de pueblo a pueblo, de desierto a desierto y buscaba a Dios. No me casé, no hice hijos porque buscaba a Dios. Tenía una rodaja de pan en mi mano y un puñado de aceitunas, tenía hambre y me olvidaba de comer, porque buscaba a Dios."

2. "Γλυκιά ψαλμωδία, μοσκολίβανο, και στο ταγάρι ψωμί, ελιές, κρασί, τι άλλο θαρρείτε πως είναι η Παράδεισος; Γιατί εγώ, ο Θεός να με συγχωρέσει, αυτά που λεν οι σοφοί θεολόγοι για φτερούγες και πνέματα και ψυχές χωρίς κορμί, δεν τα καταλαβαίνω, κι ένα ψίχουλο να πέσει κάτω, σκύβω, το περμαζώνω και το φιλώ, γιατί το ξέρω θετικά, το ψίχουλο αυτό είναι ένα κομμάτι από την Παράδειο... Μα αυτά μονάχα ο ζητιάνος μπορεί να τα καταλάβει και σε ζητιάνους μιλάω."

"Canto dulce, incienzo, y dentro de la mochila pan, aceitunas, vino ¿qué otra cosa creen que es el Paraíso? Porque yo, Dios me perdone, todas esas cosas de que hablan los sabios teólogos de alas y espíritus y almas sin cuerpo, yo no las entiendo, migaja que cae, me agacho, la junto y la beso porque sé positivamente, esta migaja es un pedazo del Paraíso … pero estas cosas sólo el mendigo puede entenderlas y yo hablo a mendigos."

Tuesday, October 17, 2006

B. Virtudes Cardinales

Dicen los teólogos cristianos que las virtudes cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza se llaman así porque, de manera similar a los colores primarios, son las formadoras de todas las demás. A diferencia de los pecados capitales, que son siete, las virtudes primarias coinciden en número con los puntos del horizonte.

A diferencia de sus antecesores - y de los paisanos cretenses - el cristiano de nuestros días mira con demasiada sobervia a la naturaleza, criatura máxima de Dios, y está ciego a las virtudes que enseña la flora y la fauna y, con más razón, el burro. Se olvida el cristiano de la gran enseñanza de aquel rey de reyes, y comete el primer pecado capital, la sobervia. En todas las lenguas occidentales el vocablo "burro", por obra de dos pecados capitales, a saber: la sobervia y la envidia, de concepto que condensa a las virtudes cardinales se tornó a insulto, sinónimo de la torpeza y de la ignorancia. La lectura de C. G. JUNG no deja dudas de que semejante actitud del occidental y cristiano no es más que producto de una de las peores represiones de la libido, la envidia de las virtudes más prominentes del animal, caído en descrédito.

Prudencia

Mis abuelos cretenses y los demás paisanos tenían escasa instrucción cristiana. Su camino preferido a Faláserna era el de la montaña pues lo que importaba era el tiempo, la tortuosidad de aquel camino era nada imprudente. Era gente dura, lo único que ablandaba su corazón era la religiosidad. Las travesías a Faláserna eran adornadas por monótonos cantos religiosos de mi abuela, quien no reparaba a errores lingüísticos ni semánticos que yo, pese a ser un niño captaba y los intercambiaba con mucho sarcasmo por otros captados por mi hermana, Emmy.

- A mí me lo enseñaron así ….

Esta era la respuesta, contundente e irreductible de la abuela. Con Emmy tomábamos clases de griego clásico de mucha erudición, al igual que todo niño griego. Ella, más avanzada que yo me enseñaba toda novedad aprendida y juntos nos reíamos a carcajadas de los errores de la abuela. Nos sorprendíamos porque nuestra abuela no había ido ni siquiera a la primaria y sin embargo leía y escribía con escasos errores. Nos contaba con orgullo que había aprendido a leer en la Iglesia y con libros litúrgicos, otros no había. Dos años más o menos. Y su maestro era el párroco – no un civil como el nuestro – que atendía a más de diez pueblos. El párroco tampoco había atendido a alguna escuela civil, en la época de los turcos tampoco las había, los cristianos tenían dos opciones, la enseñanza de la iglesia o la civil, cosa de los ricos, que contrataban maestros e instructores para sus hijos. Pero, en los sesentas, ya todos tenían instrucción civil, hasta los curas mismos. Por eso, a la respuesta contundente “ – A mí me lo enseñaron así” seguía la pregunta:

- ¿Y a ti? ¿El maestro civil o el cura? Evidentemente dudaba de la competencia de los civiles en interpretar las ocurrencias de la divinidad, incluyendo los textos litúrgicos. Actitud prudente de la abuela.

Monday, October 16, 2006

A. Puntos Cardinales

Desde niño me fascinó el Sur. Tal vez porque Creta, mi isla, es la más sureña de Grecia y de Europa, larga y angosta con puntas que señalan hacia el Este y el Oeste.

Por aquellos tiempos conocía solamente dos playas que miraban hacia el oeste, la serena, de Elafonisi – perfecto refugio tanto de los románticos del amor idílico como de los amantes del sexo furtivo y dionisíaco – y la brava, Faláserna, que contrastaba con sus fuertes vientos y sus aguas frías. Los viajes a Faláserna eran fatigosos. Un tío mío había improvisado una taberna construida con materiales precarios; sus únicos parroquianos eran los integrantes de un contingente alemán; siempre supuse que eran arqueólogos - el sitio es bien conocido por una famosa batalla en tiempos romanos - aunque mi hermana, Emmy, siempre insistió que no eran más que nazis nostálgicos de nuestra tierra inhóspita a la que dominaron durante casi cuatro años.

Había dos caminos a Faláserna desde Kíssamos, nuestro pueblo de menos de tres mil habitantes. Uno demasiado largo que bordeaba la montaña entera, prácticamente se debía llegar a la parte sur de la isla para luego volver a subir hasta la mitad por el lado oeste. El otro, el más corto, atravesaba por las cimas de la montaña.

Entre los medios de transporte el más elegido por los paisanos era el burro. Confieso que tardé años y años en descubrir el porqué de la sabiduría y de las preferencias del paisano cretense para cada transporte, en especial el burro. Solamente, siendo ya bastante grande, y tal vez por gracia de lo que llaman azar, sumergido yo en estudios sobre religiones comparadas y psicología profunda, al leer un famoso libro de C. G. JUNG, como si fuese un milagro caído del cielo, pude asociar las virtudes del burro con las virtudes de los cristianos y en cuestión de segundos establecí como hipótesis que los paisanos cretenses eligieron al burro por razones muy similares a las que Jesús eligió al mismo animal para su gloriosa entrada en Jerusalén, como rey.

Lo azaroso y lo veloz de mi hipótesis de ninguna manera le quita seriedad. No es la primera y tampoco será la última que aparece por generación espontánea - acuérdese del eureka del divino Arquímedes. Y, pese a su origen aparentemente dudoso y hasta bastardo por razones que se van añadiendo, día a día cobra mayor fuerza
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