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Monday, October 16, 2006

A. Puntos Cardinales

Desde niño me fascinó el Sur. Tal vez porque Creta, mi isla, es la más sureña de Grecia y de Europa, larga y angosta con puntas que señalan hacia el Este y el Oeste.

Por aquellos tiempos conocía solamente dos playas que miraban hacia el oeste, la serena, de Elafonisi – perfecto refugio tanto de los románticos del amor idílico como de los amantes del sexo furtivo y dionisíaco – y la brava, Faláserna, que contrastaba con sus fuertes vientos y sus aguas frías. Los viajes a Faláserna eran fatigosos. Un tío mío había improvisado una taberna construida con materiales precarios; sus únicos parroquianos eran los integrantes de un contingente alemán; siempre supuse que eran arqueólogos - el sitio es bien conocido por una famosa batalla en tiempos romanos - aunque mi hermana, Emmy, siempre insistió que no eran más que nazis nostálgicos de nuestra tierra inhóspita a la que dominaron durante casi cuatro años.

Había dos caminos a Faláserna desde Kíssamos, nuestro pueblo de menos de tres mil habitantes. Uno demasiado largo que bordeaba la montaña entera, prácticamente se debía llegar a la parte sur de la isla para luego volver a subir hasta la mitad por el lado oeste. El otro, el más corto, atravesaba por las cimas de la montaña.

Entre los medios de transporte el más elegido por los paisanos era el burro. Confieso que tardé años y años en descubrir el porqué de la sabiduría y de las preferencias del paisano cretense para cada transporte, en especial el burro. Solamente, siendo ya bastante grande, y tal vez por gracia de lo que llaman azar, sumergido yo en estudios sobre religiones comparadas y psicología profunda, al leer un famoso libro de C. G. JUNG, como si fuese un milagro caído del cielo, pude asociar las virtudes del burro con las virtudes de los cristianos y en cuestión de segundos establecí como hipótesis que los paisanos cretenses eligieron al burro por razones muy similares a las que Jesús eligió al mismo animal para su gloriosa entrada en Jerusalén, como rey.

Lo azaroso y lo veloz de mi hipótesis de ninguna manera le quita seriedad. No es la primera y tampoco será la última que aparece por generación espontánea - acuérdese del eureka del divino Arquímedes. Y, pese a su origen aparentemente dudoso y hasta bastardo por razones que se van añadiendo, día a día cobra mayor fuerza
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