B. Virtudes Cardinales
Dicen los teólogos cristianos que las virtudes cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza se llaman así porque, de manera similar a los colores primarios, son las formadoras de todas las demás. A diferencia de los pecados capitales, que son siete, las virtudes primarias coinciden en número con los puntos del horizonte.
A diferencia de sus antecesores - y de los paisanos cretenses - el cristiano de nuestros días mira con demasiada sobervia a la naturaleza, criatura máxima de Dios, y está ciego a las virtudes que enseña la flora y la fauna y, con más razón, el burro. Se olvida el cristiano de la gran enseñanza de aquel rey de reyes, y comete el primer pecado capital, la sobervia. En todas las lenguas occidentales el vocablo "burro", por obra de dos pecados capitales, a saber: la sobervia y la envidia, de concepto que condensa a las virtudes cardinales se tornó a insulto, sinónimo de la torpeza y de la ignorancia. La lectura de C. G. JUNG no deja dudas de que semejante actitud del occidental y cristiano no es más que producto de una de las peores represiones de la libido, la envidia de las virtudes más prominentes del animal, caído en descrédito.
Prudencia
Mis abuelos cretenses y los demás paisanos tenían escasa instrucción cristiana. Su camino preferido a Faláserna era el de la montaña pues lo que importaba era el tiempo, la tortuosidad de aquel camino era nada imprudente. Era gente dura, lo único que ablandaba su corazón era la religiosidad. Las travesías a Faláserna eran adornadas por monótonos cantos religiosos de mi abuela, quien no reparaba a errores lingüísticos ni semánticos que yo, pese a ser un niño captaba y los intercambiaba con mucho sarcasmo por otros captados por mi hermana, Emmy.
- A mí me lo enseñaron así ….
Esta era la respuesta, contundente e irreductible de la abuela. Con Emmy tomábamos clases de griego clásico de mucha erudición, al igual que todo niño griego. Ella, más avanzada que yo me enseñaba toda novedad aprendida y juntos nos reíamos a carcajadas de los errores de la abuela. Nos sorprendíamos porque nuestra abuela no había ido ni siquiera a la primaria y sin embargo leía y escribía con escasos errores. Nos contaba con orgullo que había aprendido a leer en la Iglesia y con libros litúrgicos, otros no había. Dos años más o menos. Y su maestro era el párroco – no un civil como el nuestro – que atendía a más de diez pueblos. El párroco tampoco había atendido a alguna escuela civil, en la época de los turcos tampoco las había, los cristianos tenían dos opciones, la enseñanza de la iglesia o la civil, cosa de los ricos, que contrataban maestros e instructores para sus hijos. Pero, en los sesentas, ya todos tenían instrucción civil, hasta los curas mismos. Por eso, a la respuesta contundente “ – A mí me lo enseñaron así” seguía la pregunta:
A diferencia de sus antecesores - y de los paisanos cretenses - el cristiano de nuestros días mira con demasiada sobervia a la naturaleza, criatura máxima de Dios, y está ciego a las virtudes que enseña la flora y la fauna y, con más razón, el burro. Se olvida el cristiano de la gran enseñanza de aquel rey de reyes, y comete el primer pecado capital, la sobervia. En todas las lenguas occidentales el vocablo "burro", por obra de dos pecados capitales, a saber: la sobervia y la envidia, de concepto que condensa a las virtudes cardinales se tornó a insulto, sinónimo de la torpeza y de la ignorancia. La lectura de C. G. JUNG no deja dudas de que semejante actitud del occidental y cristiano no es más que producto de una de las peores represiones de la libido, la envidia de las virtudes más prominentes del animal, caído en descrédito.
Prudencia
Mis abuelos cretenses y los demás paisanos tenían escasa instrucción cristiana. Su camino preferido a Faláserna era el de la montaña pues lo que importaba era el tiempo, la tortuosidad de aquel camino era nada imprudente. Era gente dura, lo único que ablandaba su corazón era la religiosidad. Las travesías a Faláserna eran adornadas por monótonos cantos religiosos de mi abuela, quien no reparaba a errores lingüísticos ni semánticos que yo, pese a ser un niño captaba y los intercambiaba con mucho sarcasmo por otros captados por mi hermana, Emmy.
- A mí me lo enseñaron así ….
Esta era la respuesta, contundente e irreductible de la abuela. Con Emmy tomábamos clases de griego clásico de mucha erudición, al igual que todo niño griego. Ella, más avanzada que yo me enseñaba toda novedad aprendida y juntos nos reíamos a carcajadas de los errores de la abuela. Nos sorprendíamos porque nuestra abuela no había ido ni siquiera a la primaria y sin embargo leía y escribía con escasos errores. Nos contaba con orgullo que había aprendido a leer en la Iglesia y con libros litúrgicos, otros no había. Dos años más o menos. Y su maestro era el párroco – no un civil como el nuestro – que atendía a más de diez pueblos. El párroco tampoco había atendido a alguna escuela civil, en la época de los turcos tampoco las había, los cristianos tenían dos opciones, la enseñanza de la iglesia o la civil, cosa de los ricos, que contrataban maestros e instructores para sus hijos. Pero, en los sesentas, ya todos tenían instrucción civil, hasta los curas mismos. Por eso, a la respuesta contundente “ – A mí me lo enseñaron así” seguía la pregunta:
- ¿Y a ti? ¿El maestro civil o el cura? Evidentemente dudaba de la competencia de los civiles en interpretar las ocurrencias de la divinidad, incluyendo los textos litúrgicos. Actitud prudente de la abuela.

1 Comments:
me gusto...mucho
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